
Oh maldita y agraciada dualidad
que tanto del fervoroso y susceptible tienes
en amalgama de fría y cortante ruin inquinidad
Con ingenuo e infantil anhelo de amar y ser amado
Arrasando de lacerantes rosas de azúcar el corazón con el tacto
Y el sabor de bruñido metal.
Desfalleciente en sollozos de fuerza y pesar,
Crepitante y silente gritando con fuerza al mundo,
Quieto inerte revolcándose en gélido recoveco sepulcral
Derramando su bermeja sangre ígnea.
Dejando en los besos más dulces pétalos de rosas, de miel y de sal,
Fluyente arrasando la mente como corriente austral.
Austero lujurioso, destructor del orden ordenador del caos,
Epitafio inexistente de los sueños más valiosos y dolientes,
Lacrimoso yermo y rechazado,
Retorciendo el profundo puñal añorable en un suplicio
Deseoso de placer y felicidad.
Ni la muerte ni la vida te llenan, mas ambas en tu ser deseas
Y entre danzantes rayos luminosos desnudas las sombras, incrédulo idiota,
Que en la mesura tu soberbia agotas, enamorándola en razonable impulsivo meditar
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