Recuerdos, perlas en el tesoro de la mente.
Recuerdo tus ávidos dedos jugando con los botones de mi pecho,
deslizándose sobre la piel, como corriente de agua sedosa,
como gota de sudor tenso, ansioso, travieso y perverso.
Como lágrima que nace en los ojos de la mirada muerta,
y recorre la mejilla como fantasma solitario que fallece en la nada, en el infinito.
Los labios ansiosos, la piel exaltada y mendigando a gritos máxima conexión.
Mis manos firmes y frágiles tomando tu rostro, robando tu suavidad,
aferrándose a tu cuerpo en la roja tormenta, en la tempestad pasional,
entre la dulzura y el deseo, delineando el contorno de tu cuerpo
como deleznable copa de valioso cristal.
Tu mirada, tan dulce, tan buena,
tan deseosa de sumergirte en las aguas del amor en la pasión;
cerrando los ojos y perdiéndose en gestos que tu rostro dibuja ante la exaltación.
Mi garganta liberando el asmático sonido,
el lenguaje sin palabras por el cual nos conectamos en el ambiente,
los suspiros que tejemos entre la densidad del vapor desnudo que emitimos,
y que como sábana de seda nos cubre unidos, entregados el uno a otro,
como un llanto anhelante añorando lo perdido,
fundido en el viento que refresca al calor que se enciende, pero pronto se extingue, y muere,
en la nada, en el aire.
La humedad lúbrica u obscena mojando nuestros cuerpos como el mar,
los besos como rosas empapadas del rocío nocturno, y nosotros nos alejamos juntos,
en un profundo abismo que nos lleva a las nubes placenteras del cielo sagrado, y estallamos,
y nos difundimos en mil pedazos, envueltos de nosotros, apretados fuertemente,
descendiendo, flotando suave y lentamente, como plumas en la leve brisa de verano,
que nos posa sobre campos de algodón, con los ojos cerrados, juntos, abrazados,
levitando en el dulce y cómodo sueño de la tibieza romántica.
La dulzura y el cariño como fruto de la rosa que dejó sus pétalos en su esencia carnal.
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