martes, 13 de abril de 2010

La noche carnal con la Mujer Serpiente


Merodeando a través de las sombras de la noche, surcando el haz de luz que la engalanada luna derrama sobre la aletargada ciudad, revelando los demonios del temor, de la constante paranoia, de pensamientos hostiles y perversos, penetrando la gimiente oscuridad. Una serpiente se desliza sensualmente en la tinieblas, y funde su lúbrica piel de reptil con la seda nocturna, dilatando la noche, con su ardiente humedad, en plácidas sensaciones infernales, en oscuros pensamientos, mórbidos y bizarros. La demencia sonríe a la luna, y lame a la serpiente rijosa, retorciéndose en placidos estremecimientos, danzando con el placer en el fuego, bebiendo del veneno del miedo, relamiéndose con la penumbra en la fémina piel erógena, en la prohibida manzana.
La metamorfosis se desarrolla en la noche arrasada por el fuego licencioso, la serpiente forma un ser extasiado por el placer, una mujer, un demonio, un ángel, una mujer serpiente, vampira de pasión, sedienta. Su cuerpo convulsiona en gimientes estrépitos, su retorcida figura arde en las llamas de la rojiza seda de fantasías, de deseos y quimeras. La noche se introduce en su cuerpo con sensual violencia, y la locura corta sus suspiros con jadeante saliva sicalíptica, lamiendo su ardiente humedad, penetrando los labios de la rosa carnal, dilatando el fuego en la noche humedecida y abrasada. Y las penetrantes miradas se pierden en los ojos cerrados de rostros excitados, entre curvas voluptuosas con un aire infernal. Los gritos liberan la energía contenida, la sed oscura de tinieblas rojas desatada en un frenesí de cuerpos, de sangre caliente de fantasmas de la mente, de mentes retorcidas con sed de maldad, de morbosas escenas impúdicas, de un canibalismo que se relame por la hermosa carne de rosa roja, de cielo púrpura, de mujer serpiente con ojos que llevan las tinieblas sumergiéndose en un océano azul con benevolencia angelical, con lúbrica perversidad.
El día nunca aparece, la noche se torna eterna en la perpetua penumbra.
La luz se pierde en el dulce carmesí, en los labios de serpiente, en la sangre de la demencia, en aberrantes fantasías, en desquiciados pensamientos.
El sueño nunca termina, la muerte vierte su aroma a rosas marchitas, y desfila desplegando un velo neblinoso sobre el pernicioso escenario carnal.

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