El amor vestido de luto, empañado de lágrimas,
dejando tras su paso un pañuelo manchado con sangre de rosas marchitas,
de vivencias suicidas que se deberían eliminar,
de sentimientos y sensaciones que deberán ser encerrados en el cajón sepulcral
con paladas de tierra del olvido.
Saboreando el amargo vacío de la soledad,
la tristeza en lágrimas que no se muestran, ahogándonos por dentro.
Los recuerdos en un océano tormentoso, llevándonos mar adentro,
sofocándonos con su filo púnzate,
desfilando constantemente por nuestros pensamientos.
Besando al vació, abrazando la tristeza y el anhelo,
arropándonos con el frió de la soledad.
Deshaciéndome sentado entre las sombras, pensando en lo que fuimos,
en lo que somos, lo que dejaremos de ser y seremos tras el final.
Sembramos un campo de dolor para en nuestro futuro cosechar,
para retorcer el puñal en las heridas hasta podernos olvidar.
El sueño es el resguardo, que me cobija del dolor,
un analgésico que me hace olvidar la cruel realidad.
Pero tu también estas ahí, y allí no eres la misma que en la vigilia,
allí eres la persona que me ama, aquella que deseo que vuelva.
Pero el sueño termina, y vuelvo a la realidad,
saboreando la sangre seca de mis heridas,
temiendo a que nunca me volverás a amar, que nunca volverás.
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